Enfermedades sociosomáticas y las EII

Fue a principios del siglo pasado, en el que apenas la psicología comenzaba tal cual la conocemos, cuando se destacó un aspecto que había estado pasando por alto, y que cambiaría la visión que tenemos tanto de las enfermedades como de su origen y mantenimiento.

Hablo del experimento de Dunlap y Alexander con la conclusión de que había individuos propensos a sufrir accidentes. Personas que, a causa de su impulsividad y otros factores de personalidad asociados, se hacían vulnerables según el contexto en el que estuvieran desarrollando su actividad.

¡Por primera vez hasta un hueso roto podría ser observado desde otro punto de vista y nos permitía intervenir para evitar futuros males mayores!

Sin embargo eso no era todo. Pronto al revisar los datos de ese experimento, otro gran psicólogo como Abraham Maslow, cayó en la cuenta de que quizás podría haber mucho más detrás de los síntomas que pudiera estar sintiendo alguien, sin importar la naturaleza de estos.

En concreto planteó la siguiente pregunta ¿Y si existiera la posibilidad de que la misma sociedad en la que vivimos nos empuja, arrinconándonos, a los ciudadanos más vulnerables? Por ejemplo: legislando contra los que padecen una enfermedad crónica, culpándolos por el gasto que ocasionan al sistema de salud pública, facilitando la exclusión social de aquellos que necesitan tomarse unos días de baja al año (nueva reforma laboral y el despido procedentes con apenas unos días de falta justificada), haciéndolos sentir incapaces de aportar todo lo que nuestro potencial nos permite… por la  inexistencia de un mercado laboral eficiente y un empleo inaccesible según que condiciones… y terminando por golpear con la condena, a la duda existencial, sobre el que ocurrirá o no de ahora en adelante en cada aspecto de nuestra vida.

Maslow no dudó ni un instante en proponer el nombre de enfermedades sociosomáticas (acuñando el término) porque el daño, como en el caso de las EII, claro que podría estar localizado en el sistema digestivo… pero las causas que mantienen y/o agravan* los síntomas (y añadir nuevos que nada tienen que ver) se pueden identificar e incluso erradicar, según que casos, con una intervención global desde los distintos estamentos de nuestra comunidad.

Justo todo lo opuesto de lo planteado hasta ahora. Por insólito que parezca, y que a pesar de que a día de hoy ya nadie duda de que tras una enfermedad física se esconden variables intrapsíquicas, interpersonales y sociales, casi toda la investigación y las intervenciones han sido enfocadas a nivel individual, dando por sentado que es el propio paciente el que ejerce control en cierta forma sobre las situaciones que agravan y mantienen sus dolencias. Una reducción simplista de lo que es la realidad.

Por tanto, y a pesar que el enfoque individual es indispensable, no podemos simplemente basar una intervención solo la relajación o en pedir a las personas con enfermedades inflamatorias intestinales que dejen de ser lo que son. Sugieréndoles que no se preocupen ante su falta “real” de posibilidades de un acceso estable al mercado laboral o que le resten importancia a  la imposibilidad de conseguir algún que otro propósito más que lógico.

Lo más acertado es admitir que según que condiciones y el momento que estemos viviendo podemos vernos afectados por variables psicológicas, interpersonales o sociales, una mezcla de las tres, o de ninguna de ellas.

De este modo sería equivocado generalizar y encasillar a todos los que tenemos Crohn o Colitis por unas supuestas variables sin demostrar como han sido hasta ahora la rigidez, una inadecuada capacidad para la expresión de las emociones, y otras tantas variables que han logrado más culpar a la persona de tener lo que padece que aliviar su situación en el medio y largo plazo.

Luchar para encajar es para lo que estamos preparados. Ya el mismo Spinoza afirmaba que “los organismos se esfuerzan de manera natural, por necesidad, para perseverar en su propio ser; siendo este esfuerzo necesario lo que constituye su esencia real”.

Llegar a estar nerviosos; sentir miedo o inseguridad, creer que no seremos capaces de algo, e incluso vernos superado y perder la ilusión por todo a causa de lo que podamos estar experimentando es lo más natural del mundo. Tanto como que nuestro entorno promueve esa sensación, y un poquito más si cabe a todos aquellos que contamos con una ligera desventaja, como precio de participar en la sociedad en la que vivimos.

Pero que sea natural no quiere decir que deba ser aceptable, que es muy diferente. De ahí que estudiando caso por caso, y desde la situación en la que se encuentre cada uno de nosotros, vamos a hablar de ahora en adelante sobre lo que nos está pasando y todo el despliegue de posibilidades de actuación de las que disponemos a nivel individual como colectivo.

R. Saldana

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