Peligro inminente

Quedaba apenas una hora para el gran momento. Era muy consciente de que tenía que salir del baño ya, pero los dolores abdominales lo estaban matando. Malditos gases, ¿quién me manda cenar garbanzos? se preguntaba machaconamente; si sé que me terminan pasando factura, parece que fuera idiota, no aprendo más.

Hizo acopio de valor e inspirando profundamente se irguió como pudo. Antes de aventurarse a pisar la calle se tomó dos pastillas juntas, rogando que le hicieran efecto y en lo posible, a la brevedad.

Estaba en Pamplona llevado allí por la casualidad de un desajuste en su agenda de viajante, justo el día que comenzaban las fiestas de San Fermín. Pensar que la gente venía de todas partes del mundo a participar y ¡él estaba allí! No podía perderse el lanzamiento del cohete y el comienzo del Txupinazo. Tenía que verlo, a como diera lugar.

Camino de la Plaza del Ayuntamiento sentía como si mil agujas se clavaran en su vientre. Sudaba a mares por el esfuerzo de contenerse, por los 32ºC a la sombra y porque no había sitio casi ni para respirar. La ciudad estaba engalanada para la ocasión y miles de personas se apiñaban mirando al balcón, todos vestidos de blanco y con el infaltable pañuelo rojo.

Entre empellones, codazos y salpicaduras de champagne, vino y quien sabe que más, consiguió como pudo un lugar desde donde contemplar el espectáculo. Al pararse, se halló con un vaso en mano de origen desconocido y contenido incierto. Su sufrimiento continuaba, los retortijones eran desesperantes y no veía forma de escapar de aquel agobio interno.

Cuando ya no pudo más, comenzó a palparse los bolsillos desesperadamente y sintió que se le aflojaban las piernas ¿sería posible? ¡Con las prisas, se había dejado el blíster en la habitación del hotel! A punto de volverse a buscarlo, en el fondo de la cartera de mano encontró su pastillero. Lo abrió con frenesí, para descubrir que solo contenía  una única píldora, pequeñita y de color rosado, que no le resultó en absoluto familiar. ¿Sería de las que tomaba antes? ¿Quién sabe el tiempo que llevaba allí? ¿No estaría vencida? Titubeó un segundo y sin pensárselo dos veces, se la tragó con la bebida.

Faltaba cada vez menos, apenas segundos para el gran momento y el clamor era ensordecedor. Al tiempo que se encomendaba mentalmente al favor de todos los santos que conocía, repentinamente recordó que tiempo atrás, un amigo le había dado tres pastillas para su otro problema intestinal.

Coincidiendo con el instante mismo del fogonazo, la mente se le iluminó: ¡el mes pasado había tomado solo dos de aquellos “laxantes de efecto inmediato”! Entonces… su esfínter también se unió al grito multitudinario de: ¡Gore San Fermín! ¡Viva San Fermín!

Sandra Monteverde Ghuisolfi

Cartagena – Murcia

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