Estamos en ello

Cuando lo vi no podía creérmelo. Me habían hablado del basilisco, pero jamás pensé que existía de verdad. De hecho, lo más parecido a una “víbora monstruosa” que conocía hasta entonces era mi ex-pareja. Y no me extrañaría que ella fuera la madre de la criatura, pues todo comenzó cuando ella rompió conmigo.

Dicen que una ruptura es motivo de luto, pero yo quería resistirme a ello. Una parte de mí estaba decidida a cambiar de vida, mudarme a otro país y olvidar lo ocurrido. Otra parte de mí quería morirse. Pero había una tercera opción, a la que me vi arrastrado sin remedio.

La primera pista fue la sangre. Encontré sangre en la taza del inodoro. No le di importancia hasta que, comentándolo con un vecino, me sugirió que buscara ayuda. Me dijo que últimamente había oído muchos casos de basiliscos, que se escondían en las tuberías de las viviendas. Yo me reí, recordando aquella película de Harry Potter, pero a mi vecino no le hizo gracia.

–¡Cuidado! –me dijo –Es una pequeña serpiente pero bien podría ser un dragón. Se alimenta de hierro y escupe fuego. Y su aliento envenena el aire.

–¿Pero no mataba con la mirada? –le pregunté riendo.

Y él me cerró la puerta en las narices.

Aunque no me creía nada, pronto me vi inmerso en un mundo que no entendía. No sé si me volví paranoico, pero empecé a buscar pistas, no solo en casa, también en la calle y en el trabajo. Me dedico a la taxonomía biológica, así que llegué a pensar que estaba de expedición. Un viaje para catalogar nuevas especies nunca antes vistas en el mundo real.

En dicho viaje coincidí con otras personas. Todas eran víctimas de un basilisco pero nadie lo había visto. Lo buscaban. Como yo. Debíamos etiquetarlo, catalogarlo, darle una causa, un origen, encontrar su guarida para poder exterminarlo. Llegamos a un lugar vasto, que antaño había sido rico en hierro. Ahora era un sitio árido, anémico. La evacuación era inevitable y encontramos sangre por doquier. Se abrían fisuras en nuestra piel. Y el aire que respirábamos dolía. Los médicos y enfermeras que nos acompañaban no daban a basto, pero conseguían con sus tratamientos que la aventura fuera un poquito más llevadera. Porque era eso, una aventura. Nos enfrentábamos a una bestia que, no sabíamos cómo ni porqué, se había adueñado de nuestras tuberías.

Y entonces lo encontramos: un pequeño dragón. No nos mató con su simple mirada, pero las entrañas nos dolían en su presencia. Si bien no parecía una amenaza de muerte, nos iba a cambiar la vida para siempre. Acepté mi derrota, catalogué la especie junto a los médicos y expresé mi deseo de volver a casa. Tampoco estoy seguro de dónde estaba y lo cierto es que, de alguna forma, me sentía en el hogar. Sentía el calor y el apoyo de mi familia y amigos. Y había conocido a alguien. Todo eso me daba fuerzas para continuar. Quizá por ello, al final me uní al fervor de los demás y me impliqué en la lucha. Debíamos dar muerte a la criatura del mal.

Y lo conseguimos.

Sin embargo, aquel bicho solo era un vástago. Un brote, nacido de una enfermedad serpenteante. Pronto tuve que enfrentarme a más. Para mi suerte, tuve ayuda, jamás me encontré solo, y fui superando las adversidades. Pero mientras no acabáramos con la reina madre, nuevos vástagos brotarían de la oscuridad. Y no parecía haber solución. El último brote fue desgarrador.

Un día, topé de nuevo con mi vecino. Hablamos durante largo rato, y entonces comprendí que él se había enfrentado a algo parecido, muchos años atrás. Por eso había intentado advertirme. Por eso sabía tanto sobre el tema. Y sin embargo, yo jamás lo vi quejarse, ni luchar. Al menos no de la forma en que yo entendía la lucha. Yo creía que era necesario rebelarse, atacar el origen y todos los síntomas. Él, sin embargo, no hablaba en términos de lucha, sino de paz, de aceptación, de serenidad, de relajación. Así es como había ganado a la reina. Conviviendo con ella.

Y entonces sentí que mi viaje había concluido. Me sentí de nuevo en casa, de verdad. Habíamos catalogado esa especie como E. Inflamatoria Intestinal, pero no habíamos encontrado a la madre de tanto vástago, la verdadera causa de los brotes enfermizos de dolor y sangre. Sigo pensando que podía ser mi ex-pareja. Eso sí que era una criatura temible.

Pero cuando aprendemos a convivir con la enfermedad, cuando aceptamos que hoy quizá estamos mal, pero mañana estaremos mejor, cuando decidimos que su violencia no va a derrotarnos, cuando comprendemos que puede ganarnos batallas pero no ganará la guerra, cuando hacemos de tripas corazón y miramos a los ojos del basilisco… La E. Inflamatoria Intestinal es un poquito menos enfermedad y se convierte en una criatura mitológica a la que podemos vencer.

Estamos en ello.

Albert Flexas

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