MAITE. El huracán, lo inesperado el Crohn

He nacido en el corazón de un vendaval, de una tremenda tormenta,  la he llamado MAITE, que significa querida en el idioma de mis ancestros maternos, que otra cosa se podría hacer con las tormentas, además de aceptarlas y quererlas.

Por eso amo los vientos, los huracanes, tormentas, y más que nada las respeto porque he vivido en sus aires y en la fragilidad de sus destinos.

 No conozco el origen de las tormentas que por años visitaron mi cuerpo y mi pueblo, no sé donde nacen,  ni  a donde rumbean, pero juntas Yo y las tormentas, hemos compartidos la noche y a veces la felicidad, no estoy hecha de viento, sino hecha en los viento, en la adversidad de los días y la dicha del descanso, lo que me permite salir a despeinar árboles, golpear puertas, cerrar ventanas, descargar litros y más litros de lluvia e inundar los cerros, llenar lagunas y jugar y jugar, cuando puedo correr y reír.

Las brisas  solían invitarme cuando partían anunciar tormentas, saben  que me encanta y no se equivocaban, sin embargo nada era más bello que sentirlas llegar a casa desnudando árboles en otoño.

Hace unos días (que fueron años), entre una tormenta de vientos,  me he desgarrado en gestos vanos, desesperados tratando de sostenerme en mi camino.

Una encrucijada de la vida, de los vientos,  de esas que nos marcan un antes y un después. Sangre y dolor.

Yo que siembre ante la tempestad tuve la vos firme, calle.

Ante mi silencio atroz, cantaron, desarmaron montañas, nidos, crearon el caos y agotados esos vientos partieron, yo quede aterrada sin poder guardar sus melodías, sin poder despeinar alegrías, sin aprender.

Después desorientada, perdida, escondí en los recintos de mi alma, recuerdos valiosos de las tormentas más desgarradoras y de las más bellas.

Al irlas guardando, de alguna forma maravillosa, fui rescatando todas las fragancias que durante años trajeran de los confines del mundo, suspiros en idiomas extraños, el susto de los niños en las noche de velas apagadas, la tierra y el polvo que fueron levantando por los desiertos, el más majestuoso sin duda, Atacama. Guarde el recuerdo del dolor y la incertidumbre del mi cuerpo agotado.

También guarde  la memoria desde mi infancia, lo que no fue fácil, tuve que recorrer el amor, la ternura, la soledad, parada desde mis treinta años, desde el miedo.

En mi ingenuidad, creí que los vientos volverían, sentiría mi cuerpo atravesado por el frio de los polos, el calor del viento norte o le pondrían alas a mis cabellos, vendrían con nubes nuevas, para llenarlas con lágrimas y así desalojar lentamente tristezas viejas y emociones de amor que solo la lluvia limpiaría y mezclaría. Mi cuerpo descansaría en el roció en la tranquilidad de la salud.

Creí que no existiría distancia entre los vientos y yo.

Pero no volvieron. Solo el dolor.

Anduve por el mundo, sola, a hurtadillas, inventado cada día un destino diferente, urgencias, tropezando con mi silencio, con mi cuerpo exhausto.

Pregunte al invierno, al fuego y a un pedazo del mundo, como se vive sin los vientos? Nada,  solo silencio y quietud.

Mientras tanto, viví, me levante, trabaje, cocine, salude, comí, llore y trate lentamente de regresar de algún lugar,  donde creí estar perdida.

Así pasaron los años, y ahora en los setenta y siete, entiendo que siempre estuvieron, conmigo, soplando lentamente al ritmo de mi corazón y mis pasiones, fue tan sutil la presencia de los vientos, que creí ser solo yo.

Hoy maravillosamente los huracanes y todos sus hermanos, han venido a despedirse, porque nunca existió abandono o distancia, han jugado con mis papeles, ya que estos no guardan el desorden de las brizas sino el de los vendavales y me han traído perfumes nuevos y semillas de árboles pequeños con flores, de un futuro que ya no es el mío.

Escucho una clara y tenue melodía que ronda mi casa, de árbol en árbol, seduciéndome a partir con ellos, y de pronto descubro los infinitos matices del amor. Mi cuerpo aprendió aceptar y ahora estoy en paz con tantas tormentas y feliz.

Esta invitación inigualable, es al corazón de un vendaval, ahora a morir.

Les he pedido, un minuto de su tiempo, que es infinito, ya que recorren este planeta desde que era pangea, y ahora sentada desde una pequeña montaña en mi pueblo de los Andes, viendo explotar las flores de un lapacho amarillo en mi jardín, doy gracias.

Gracias por la fragilidad de la vida, por los momentos inoportunos, por los desencantos del amor, por el amor, por los hijos que tuve y esos otros que vinieron a mí y me hicieron madre por segundos, por la diversidad de problemas que maravillosamente tuve que sortear, por las enfermedades que me recordaron cada amanecer que era posible un día más, y por supuesto por los vientos, las brizas, los huracanes, tornados, ráfagas, vaguada y tantos otros que me esperan.

Parto, me voy al corazón de un vendaval, qué más puedo pedir, que más a esta vida.

 Victoria.

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