Como una ola

Llegaste a mi vida como una ola, agitando la quietud de mis mares, anunciando el inicio de la tempestad en mis playas soleadas, sacudiendo con tu ira los sueños y proyectos de una joven navegante de dieciocho años.

Te presentaste majestuosa e indomable, tu fuerza me arrastró a océanos de dudas, miedos y frustraciones, en mi viaje veía desangrarme con la impotencia de no poder detenerte, los días de nubes grises y tormentas se convirtieron en meses buscando respuestas; la desolación e incertidumbre se convirtieron en mis velas, la tristeza arrasó a mis compañeros de viaje y el silencio reinaba en el navío cual sepulcro.

Tu furia devastadora golpeó mi cuerpo hasta hacerlo añicos, parecía el final de mi travesía; resguardada en un cuarto maloliente a desinfectante y muerte, escuche susurros,- ¡Es un caso grave!, ¿Cómo ha sobrevivido así?-, mientras los médicos me miraban con compasión; recuerdo la rabia que sentí por la forma en que me miraron, hablaban de mí, de lo que habías ocasionado y no lograba entenderlos; un año tardamos en diagnosticarte colitis ulcerativa y para ese entonces te habías apoderado de la totalidad de mis intestinos, ¡me habías convertido en un cadáver!; no lograba reconocerme al mirarme al espejo, ¡desgastaste a mi familia!, a quienes manejabas a tu voluntad cual títeres, con el temor constante de que tal vez era demasiado tarde para salvarme.

Desde ese entonces, entendí que mi vida había cambiado, que jamás te marcharías y que tenía que aprender a vivir contigo; aceptarte fue doloroso y mi mundo se derrumbó, pero me prometí que no permitiría que truncaras mis planes, era una joven prometedora y tú no serías obstáculo para realizar mis sueños; la recuperación fue tardía y desgastante; a pesar de no tener un diagnóstico alentador, decidí volver a empezar, investigué sobre ti, y debo admitir que me resultaste bastante interesante, ¡el cuerpo humano es asombroso!.

A pesar de la debilidad y el dolor, retomé mi vida; te convertiste en una razón para ser mejor persona y superarme constantemente, debía reparar tanto daño que habías ocasionado en mí y en mis seres queridos quienes a penas lucían cual sombras consumiéndose en sufrimiento y angustia; continúe mis estudios universitarios y obtuve un buen trabajo, esforzándome día a día, me frustraba salir a la calle y que en cualquier momento pudieras enojarte; debo confesar que en múltiples ocasiones mi incapacidad para controlar mis deposiciones fecales me hizo volver a casa enfurecida, pasando horas en la bañera tratando de comprenderte, limpiando la suciedad que habías dejado en mí cuerpo.

El largo camino de visitas médicas, análisis, transfusiones sanguíneas y tratamientos continuó, temía entrar al hospital y no poder volver a salir, sus pasillos me parecían fúnebres, me asustaba no poder despertar después de cada colonoscopia o hacerlo y darme cuenta que me faltaban trozos de intestino; tu cólera fue cesando poco a poco y mi estado de salud y anímico mejoraron. Un día en mi visita de rutina, mi médico, que ahora es un excelente amigo, me dijo algo que jamás olvidaré – ¡Isabel, tu recuperación es milagrosa, tus estudios están perfectos, debes tener a mucha gente que te quiere!; la emoción y felicidad que sentí en ese momento es indescriptible; salí del hospital radiante, esperanzada, ¡jamás me había sentido así!, ¡estaba viva!.

Ahora entiendo que hemos firmado una tregua, que me has brindado una segunda oportunidad; me he vuelto más agradecida con la vida y lidiar esta batalla contigo me ha hecho fuerte, ¡casi invencible! y a pesar de que has decidido afectar mis ojos, disfruto cada instante de este viaje, de los relieves y paisajes, los aromas, la brisa refrescante al caminar en mi rostro y que despeina mi cabello, la lluvia que sana mis heridas, las risas y el llanto e incluso el silencio que antes me parecía abrumador, ahora me brinda tranquilidad; la alegría en el rostro de mis seres queridos y el escándalo en mi nave me permitió comprender que todo el sufrimiento ha valido la pena; que como una ola se ha ido el tormento, llenándome de dicha y satisfacción, devolviéndonos la calma.

Orgullosamente quiero decirte que ¡me he enamorado de un hombre maravilloso que me cuida y apoya!, que me ama a pesar del desastre que dejaste en mí, ¡qué voy a casarme!; ¡que me he graduado con honores y he obtenido el mayor reconocimiento nacional al que un graduado universitario puede aspirar en mi país!; altivamente te digo que he cumplido mi promesa, que gracias a ti soy mejor ser humano, que ahora me encuentro en paz conmigo misma y contigo, que he podido domar los demonios que desencadenaste en mí; y si bien es cierto, sé que el día menos esperado volverás, quiero que cuando lo hagas sepas que te daré guerra, que he llegado demasiado lejos y que en esta ocasión no será tan sencillo derrumbarme; que estaré tranquilamente esperándote para recordar aquellos viejos tiempos tan dolorosos, que las cicatrices en mi piel son memorias de las batallas lidiadas que después de cinco años me recuerdan lo fuerte que soy y lo viva que me encuentro.

Isabel Rubio.

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